Tarde de perritos
Aunque ya han pasado unos días desde que fuimos allí, voy a escribir acerca de nuestra visita a a la Sierra de Aralar. Una visita, más bien, al haya en la que se resguardan las cenizas de Crispis, de Simón y de Lucas. Entre lamias y dragones, rodeados de una naturaleza exuberante en la que las plantas y los animales conviven en una bonita atmósfera, en un ambiente seductor.
Partimos después de comer. Viaje sin incidentes hasta llegar a Baraibar, pueblo en el que varios centenares de ovejas se pusieron delante, y decidí parar junto a una fachada, con el propósito de dejarlas en paz hasta que se alejaran. Así lo hicimos. Después de un ratito comenzamos el camino de vuelta, junto con
un palo que me trajo para jugar. Y así llegamos al llano otra vez, tras estar unos minutos con dos ovejitas que se habían quedado solas tras lastimarse una pata de atrás cada una. Al menos, no van a pasar ni hambre, ni sed, ni calor. Pronto las recogerían.
Más adelante nos encontramos una decena de caballos.Y uno que yo sé se olvidó del palo y se dedicó a correr entre ellos, mientras yo me lo imaginaba volando. Pero no. Fueron muy nobles y apenas le prestaron atención. Continuamos subiendo hasta el santuario, mientras la niebla iba y venía hasta que llegó un momento que se queda acompañándonos. Paseamos un poquito por el cerro y como la temperatura era de 14 grados y yo, la verdad, no llevaba nada de abrigo, decidí volver.
Sin embargo no debía dejar de lado la oportunidad de acercarme al Santuario, así que circulando despacito, llegamos al mismo,
Y circulando despacito, a casa.




