Santa Criz de Eslava
(Visita inesperada)
Terminamos de comer y me digo: ¡Vámonos allí!
A Santa Criz, por supuesto
Preparo la maquina de fotos, compruebo tarjetas y baterías; algo de fruta, pienso y, por supuesto, unas cuantas pelotas para Krispys. Imprescindibles.
Una buena tarde para disfrutar. Inicio el recorrido dirigiendo mi camino por Sangüesa y, sin darme cuenta, ya estoy cruzando el río Armillos, mi actual Rubicón. Imposible volver sobre mis pasos: Santa Criz se convierte en mi destino.
250 metros caminando desde el aparcamiento hasta la zona del criptopórtico y, sin más, me siento en el suelo, apoyada mi espalda en los restos de el muro oeste del enclave. El sol de la tarde me ilumina y me calienta, ayudándome a extraer pequeños silencios de tan bellas piedras.
Reflexiono: hace mucho, mucho tiempo, que no visito Santa Criz. En mi caso, algo inaudito. Demasiado tiempo. Sin embargo, ahora estoy aquí. Triste y sin hacer caso al pequeño peludo. Que me respeta y se tumba a mi lado. Con mi antebrazo cubro mis ojos y permanezco disfrutando de la oscuridad, el silencio y el sol que me rodean.
Transcurre el tiempo y, poco a poco, los inmortales que habitan el lugar se aproximan, como tantas otras veces. Conscientes de mi extraña ofuscación, me embrazan, silentes, deseosos de ayudarme, consolarme, de aliviar mi pena. Gracias a ellos y al lugar recupero una tranquilidad que tanta falta me hace. No obstante, alguno, extrañado, se aleja unos metros con precaución: no existe la paz; a pesar de sus intentos, no me la pueden proporcionar. Seguramente porque no la quiero. No estoy dispuesto a alcanzarla. Ya no...
Un rato después comienzo a jugar con Krispys, no mucho rato, pues el día es corto.
Contemplando el criptopórtico, me prometo que volveré con una libreta, un bolígrafo y un metro, y unos folios predibujados. Ha surgido una idea y tengo que comprobar sí estoy en lo cierto. Algo he leído sobre ello y no concuerda exactamente con lo que pienso. No puedo dejar de pensar que han sido estos seres quienes han conseguido devolverme un pequeño impulso. Y se lo agradezco.
Han pasado ya varios meses desde aquel día y no he vuelto todavía. Regresaré, sin duda. Pero el daño físico y sobre todo emocional recibido es tan grande, qué prefieres no fijar fechas. Debe surgir. Sin buscarlo.
Algún día.